“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10)
Hace mucho tiempo existía un enorme árbol de manzanas. Un pequeño niño lo apreciaba mucho y todos los días jugaba a su alrededor. Trepaba por el árbol, y le daba sombra. El niño amaba al árbol y el árbol amaba al niño. Pasó el tiempo y el pequeño niño creció y el nunca más volvió a jugar alrededor del enorme árbol.
Un día el muchacho
regresó al árbol y escuchó que el árbol le dijo triste: "¿Vienes a jugar
conmigo?". Pero el muchacho contestó: "Ya no soy el niño de antes que
jugaba alrededor de enormes árboles. Lo que ahora quiero son juguetes y
necesito dinero para comprarlos". "Lo siento, dijo el árbol, pero no
tengo dinero… pero puedes tomar todas mis manzanas y venderlas. Así obtendrás
el dinero para tus juguetes". El muchacho se sintió muy feliz. Tomó todas
las manzanas y obtuvo el dinero y el árbol volvió a ser feliz. Pero el muchacho
nunca volvió después de obtener el dinero y el árbol volvió a estar triste.
Tiempo después, el
muchacho regresó y el árbol se puso feliz y le preguntó: "¿Vienes a jugar
conmigo?". "No tengo tiempo para jugar. Debo trabajar para mi
familia. Necesito una casa para compartir con mi esposa e hijos. ¿Puedes
ayudarme?". "Lo siento, no tengo una casa, pero… puedes cortar mis
ramas y construir tu casa". El joven cortó todas las ramas del árbol y
esto hizo feliz nuevamente al árbol, pero el joven nunca más volvió desde esa
vez y el árbol volvió a estar triste y solitario.
Cierto día de un cálido
verano, el hombre regresó y el árbol estaba encantado. "Vienes a jugar
conmigo?", le preguntó el árbol. El hombre contestó: "Estoy triste y
volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar. ¿Puedes darme
uno?". El árbol contestó: "Usa mi tronco para que puedas construir
uno y así puedas navegar y ser feliz". El hombre cortó el tronco y
construyó su bote. Luego se fue a navegar por un largo tiempo.
Finalmente regresó
después de muchos años y el árbol le dijo: "Lo siento mucho, pero ya no
tengo nada que darte, ni siquiera manzanas". El hombre replicó: "No
tengo dientes para morder, ni fuerza para escalar… ahora ya estoy viejo. Yo no
necesito mucho ahora, solo un lugar para descansar. Estoy tan cansado después
de tantos años…". Entonces el árbol, con lágrimas en sus ojos, le dijo:
"Realmente no puedo darte nada… lo único que me queda son mis raíces
muertas, pero las viejas raíces de un árbol son el mejor lugar para recostarse
y descansar. Ven, siéntate conmigo y descansa". El hombre se sentó junto
al árbol y éste, feliz y contento, sonrió con lágrimas.
Esta puede ser la
historia de cada uno de nosotros. El árbol son nuestros padres y sin condición
el amor de Dios Padre. Cuando somos niños, los amamos y jugamos con papá y
mamá. Cuando crecemos los dejamos. Sólo regresamos a ellos cuando los
necesitamos o estamos en problemas. También, con el Padre Dios, acudimos en los
momentos de agonía; pero Él está ahí. No importa lo que sea, ellos siempre
están allí para darnos todo lo que puedan y hacernos felices. El muchacho de la
historia, es cruel contra el árbol; pero él es feliz, porque le ama. Así
nosotros tratamos a veces a nuestros padres; pero, ellos como Dios, siguen
secando nuestras lágrimas. Valoremos a nuestros padres mientras los tengamos a
nuestro lado y no olvidemos como en (Isaías 63,7) “Recordar los beneficios del
Señor”. Dios te Bendiga.
José Miguel Ángel Beltrán
Gómez.
RecreaEspíritu…
26/junio/2022. La comunidad tiene la palabra. Sol estéreo. 99.1 FM. 11 am-12:30 pm.
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