“Cuando te invoque, me escuchaste, Señor” (Sal 138(137), 3)
¿Dudas de tu fe y con ello, te apartas de la efectiva comunicación con Dios? Es natural, cuando necesitamos una voz de aliento, pareciera que todos nos abandonan, entonces, nuestra fe se debilita y, en consecuencia, culpamos incluso, a Dios. ¡Anímate! a recuperar tu fe, como buscas el amor de tu vida.
Sí para mantenernos
activos, en cualquiera de nuestras acciones profesionales o, como seres humanos
responsables de nuestros actos; es necesario, estar: documentados, actualizados
en las nuevas disposiciones legales y, tendencias ideológicas y de poder; para
que, con sensatez y en justicia, obremos correctamente; cuanto más en el
fortalecimiento y avivamiento de nuestra fe.
La fe es como una llama
que necesita de combustible para mantenerse encendida. Es como una planta que
necesita de agua, sol y adobo, para crecer cada día. Si la dejas apagar en tu
vida, también tus propósitos, perderán el calor y sabor que solo Dios sabe dar,
para recibir el fruto que deben dar. Por tanto, una tarea diaria, es la de
examinar nuestra vida y actitudes. Esto es, volver a servir a Dios con el ferviente
amor, como cuando me alegro de mis logros; encender constantemente el Espíritu
del Señor en uno mismo, acudiendo al encuentro en la pequeña comunidad, grupo
de oración, hermandad, en la participación activa en la Sagrada Eucaristía,
donde Cristo se da como “alimento y remedio”; además, en la diaria comunicación
con Dios, a través de la oración, con ella, mantenemos encendida la fe y renovamos
nuestra confianza en Dios. Abandona la vida en sus manos, como el niño que se arroja,
en los brazos de la madre y no se preocupa.
La siguiente historia,
nos brinda la oportunidad de mantener la brasa encendida, junto al hermano que
comulga con tu fe y se fortalece en el fuego de luz de la Iglesia.
El sacerdote estaba
profundamente preocupado por uno de sus feligreses, pues quien en un tiempo
fuera uno de los miembros más consecuentes en todas sus obligaciones para con
su iglesia, ahora apenas si concurría a misa. Y no había forma de convencerle
de que al paso que iba, llegaría un momento cuando no sólo se fe se hubiese
enfriado, sino que la hubiera perdió totalmente.
El sacerdote buscó todas
las formas convincentes que le movieran de su indiferencia hacia la iglesia,
pero todo parecía inútil. Finalmente, se le ocurrió poner en un recipiente un
poco de carbón, y se encaminó a su casa. Allí le dijo:
Quiero que prestes mucha
atención a un experimento, decía estas palabras al mismo tiempo que encendía el
carbón. Poco apoco fue creciendo el fuego, hasta convertirse en brasas
enrojecidas. Luego sacó una de las brasas y la colocó fuera. Ahora quiero que
observes lo que va a suceder con esta brasa que esta fuera. A poco de separarla
de las otras, se dio cuenta que iba languideciéndose hasta quedar apagad de un
todo.
Entonces le dijo: Esta brasa
se ha apagado porque le falta el calor de las otras. Mientras estaba en el
recipiente, unas a otras se transmitían el calor. Esta se ha apagado pero las
otras continúan ardiendo hasta consumirse. Así sucede en la vida cristiana.
Cuando los cristianos nos mantenemos en la Iglesia, nos trasmitimos unos a
otros el calor de la fe. Cuando uno se separa de la comunión de los hermanos,
cómo lo vienes haciendo tú, termina casi siempre por enfriarse, o por lo que es
peor perder todo vestigio de su fe.
Ahora bien, así como
dedicamos tiempo a alimentar preocupaciones y malos sentimientos que enferman o
dañan las relaciones personales, dediquemos ese mismo tiempo a: 1. Pasar
ratos significativos leyendo la Palabra (Rm 10, 17). Léela, escúchala,
memorízala, medita sobre ella. “Deseen con ansias la leche pura de la Palabra,
como niños recién nacidos. De esta manera, por medio de ella, crecerán en su
salvación” 2. No pierdas el optimismo. Considera las situaciones
difíciles, los obstáculos y los desafíos como oportunidades de expandir tu fe.
En ellos, Dios también te habla, para alcanzar su gloria, dignificar tu vida y
estar en permanente conversión. Y 3. Ora, no solo con la esperanza de que
todo se arregle de la mejor manera, sino dando por hecho que así será.
Cuando das gracias a Dios por responder a tus oraciones aun antes de que se
materialicen las respuestas, la necesidad pasa a un segundo plano, y todo el
énfasis se pone en la capacidad de Dios para satisfacerla.
Vivir en la fe significa
confiar en Dios en cualquier circunstancia, incluso en la adversidad. Como
decía Santa Teresa: “Nada te turbe, nada te espante, Dios no se muda, la
paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta. ¡Sólo Dios
basta!”. “Sabemos, además, que Dios dispone, todas las cosas para el bien de
los que lo aman” (Rom 8,28). Dios te Bendiga.
José Miguel Ángel Beltrán
Gómez.
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23/julio/2022. La
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