“Contemplemos el don ilimitado de la gracia de Dios, compromiso salvífico de la humanidad” (Minutos de Amor)
Somos llamados para volar hasta donde nuestros miedos nos permiten llegar. Dios nos creó “para hacer obras buenas” (efesios 2, 10), maravillosas y grandes constructores de paz y amor eterno. Tenemos en las manos la facultad para plasmar en la vida, la más destacada obra, si hago posible el propósito del que Dios me doto.
Eres la perfección de la creación, llena de talentos, dones y carismas, para vencer y ser mejor. Entonces, ¿porque me pierdo en el mar de indecisiones e incertidumbres?; ¿porque me opaco en la imagen de otros, que no me aportan?; ¿porque mi vida espiritual se estanca?; ¿porque me siento frustrado, falto de energía e infeliz? Quizá, no te has dado cuenta, del poder que existe en tu interior y sigues esperando el milagro que no ha de llegar.
Para que los sueños se cumplan y los milagros obren, hay que
intensificar la oración, apasionarte por cumplir tu sueño y dejar volar el
espíritu de águila que habita en ti. La siguiente historia “El águila real”, es
un llamado a revisar nuestras vidas y a darle el valor que realmente tiene y no
dejarte ocultar por las simples y efímeras soluciones que te enredan y no te impiden
progresar. No te dejes morir, sin mostrarte a ti mismo y a los demás, que Dios
está en ti, y estas hecho de acero, para servir y volar.
Caminando por un prado,
un granjero se encontró un huevo de águila. Sin pensarlo dos veces, lo metió en
una bolsa y, una vez en su granja, lo colocó en el nido de una gallina de
corral. Así fue como el aguilucho fue incubado y criado junto a una nidada de
pollos. Al creer que era uno de ellos, el águila se limitó a hacer durante su
vida lo mismo que hacían todos los demás. Escarbaba en la tierra en busca de
gusanos e insectos, piando y cacareando. Incluso sacudía las alas y volaba unos
metros por el aire, imitando así el vuelo del resto de gallinas.
Los años fueron pasando y
el águila se convirtió en un pájaro fuerte y vigoroso. Una mañana divisó muy
por encima de él una magnífica ave que planeaba majestuosamente por el cielo.
El águila no podía dejar de mirar hacia arriba, asombrada de cómo aquel pájaro
surcaba las corrientes de aire moviendo sus poderosas alas doradas.
«¿Qué es eso?», le
preguntó maravillado a una gallina que estaba a su lado. «Es el águila, el rey
de todas las aves», respondió cabizbaja su compañera. «Representa lo opuesto de
lo que somos. Tú y yo somos simples pollos. Hemos nacido para mantener la
cabeza agachada y mirar hacia el suelo», concluyó. El águila asintió con
pesadumbre. Y nunca más volvió a dirigir su mirada hacia el cielo. Tal como le
habían dicho, murió creyendo que era una simple gallina de corral.
Amigo, amiga, ¿cómo te sientes hoy?, águila o gallina. Sigues picoteando aquí y allá, o levantas la mirada al cielo cada mañana y te dices: tengo alas para volar, soy oro puro, capaz, y con poder, para ir lejos, si quiero.
Te invito a intensificar tu oración diaria, a dar gracias a Dios por lo que hace en ti, a rescatar tu imagen de la ansiedad, miedo y preocupación; a poner en primer plano tus sueños y realizaciones; a salir del ego y brillar con tu luz propia; a liderar tu vida, como las águilas, majestuosas y auténticas; a trascender en medio de los traumas emocionales; a desarrollar habilidades y a identificar con claridad un propósito de vida que te inspire y motive.
Pídele diariamente a Dios que te
muestre el sueño por el que quiere que transites, te de ideas y te guíe, para
distinguir entre lo bueno y lo excelente, y a superar tus miedos para volar tan
alto como las águilas. No hay rosas sin espinas, pero si una recompensa, cuando
por tu trabajo brillas y muestras tu verdadera esencia. Águilas, de la mano de
Dios. Dios te Bendiga.
José Miguel Ángel Beltrán
Gómez.
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