“No se contenten sólo con escuchar la palabra, pues así se engañan ustedes mismos. Llévenla a la práctica” (Santiago 1, 22)
El Abad les dijo a los monjes: para comprender al
hermano hay que escucharlo. Escuchar no es lo mismo que oír, ni siquiera, que oír
con atención, es mucho más.
Aquella noche un joven novicio se acercó al Abad y
le pidió que le explicará lo que les había dicho, pues no terminaba de
entenderlo.
El Abad tomó una esponja seca y dejó caer sobre ella
unas gotas de agua. ¿comprendes ahora? Creo que sí respondió el novicio.
Esta historia orienta al monje a ir más allá de lo
que oye, al fondo de la gota de agua en la esponja. De esta manera, Antonio
Pérez Esclarín, en su libro parábolas para vivir en plenitud, pág. 33, nos
invita a disponer nuestra atención para activar una buena escucha.
La verdadera escucha supone atender con todo el
cuerpo. Solo si uno escucha atentamente, podrá oír la canción profunda del
corazón. Necesitamos con urgencia aprender a escuchar. Escuchar antes de
opinar, de juzgar, de descalificar. Partir de lo que el otro dice, cómo lo
dice, porqué lo dice. Escuchar no sólo las palabras, sino el tono, los gestos,
las acciones, la frustración, el dolor, los miedos, la ira. Escuchar para
comprender y así poder dialogar. El dialogo supone respeto al otro, humildad
para reconocer que uno no es el dueño de la verdad.
El que cree que posee la verdad no dialoga, sino que
la impone, pero una verdad impuesta por la fuerza deja de ser verdad. El
dialogo supone búsqueda, disposición a “dejarse tocar” por la palabra del otro.
Dialogar es aceptar que el otro diferente puede decirnos algo que no conocemos.
Demuestra que el escuchar, abre caminos de diálogo,
para conocer al otro. Es una práctica que podemos desarrollar en nuestra vida
diaria. Nos permite oír los sonidos de nuestro alrededor; a motivar la mente
que, por lo general está en otro lado, ocupada en las motivaciones sociales, el
celular, las vanidades personales, en fin, desenfocados del propósito de vida,
objetivos y metas, por la falta de una escucha activa. Enfocar nuestros
pensamientos y desarrollar la habilidad de escuchar, requiere ejercitarla como el
que realizamos en cualquier oficio, para que este sea profesional. Acoge estas
sencillas reglas que te ayudara a mantener una escucha activa y conversaciones
productivas
1.
Escucha la voz de Dios: Es
vital para disfrutar de su plan eterno. Aunque es nuestra decisión, él nos
anima a escucharle desde su palabra, la naturaleza, las personas, las
circunstancias, la paz, la sabiduría, los sueños, las visiones, la intervención
sobrenatural y sobre todo del testigo interno, aquella sutil voz del Padre.
Escucha tu alrededor, te comunica el amor de Dios.
2.
Mantén silencio al escuchar: El escritor Británico J. Krishnamurti, afirmaba
“escuchar es un acto de silencio”. Punto clave de la escucha. Tener tu boca
cerrada, centrarte en las palabras del otro y esperar tu turno, hace productiva
la escucha. Abre el corazón y el oído, escucharas lo desconocido.
3.
Acoge a tu interlocutor: El ser
humano por excelencia es comunicador natural. Respeta la diferencia sin imponer
nada, sin violencia o ejercer tu poder; solo con amor se abren puertas
efectivas de comunicación y escucha. Habla poco y dialoga mucho.
4.
Pregunta oportunamente: En todo proceso de escucha las preguntas despejan
dudas y da la oportunidad de proponer alternativas. Pregunta para comprender la
verdad del asunto. Y,
5.
Concéntrate al escuchar: “libera tu mente de tus pensamientos y
preocupaciones, ponte en el lugar del otro y piensa cómo te gustaría ser
escuchado. Aprovecha
al máximo la conversación para incorporar nuevos conocimientos a tu vida”
(Innatia.com).
Desarrollar la capacidad de escucha te apertura a tu
mundo interior y enriquece tu solidaridad con las demás personas ansiosas de
ser escuchadas. En tu día, dedica un minuto para escuchar, te harás amigo de la
soledad. Dios te Bendiga.
José Miguel Ángel Beltrán Gómez.
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