“Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”
(Jn 15, 13)
Al nacer las emociones se
juntan: el miedo al nuevo mundo que a sus pies se abre y la alegría de una
madre, al prolongar la existencia y donarse a sí misma, en la maternal custodia
de la vida.
Es la madre que en la
severa enseñanza de la vida, sana nuestras heridas e infunde valor para
alcanzar la meta; te educa con amor en el responsable actuar correctamente, al
no tomar lo que no te corresponde, a respetar la diferencia y perdonar sin odio
ni rencor; es la vacuna que supera todos los virus, sin mirar el tiempo y las
cercas del camino. Es la mano que nos sostiene, hasta cuando al cielo parte y
desde allí, también, nos cuida como Dios lo hace. Consérvala en el corazón, siempre estará
junto a ti, aunque creas que te abandona. Madre,
amor infinito en la tierra y en el Cielo.
Madre solo tú sabes
callar cuando sustenta, aunque la despensa este vacía. En ti las horas no
cuentan, cuando sabes que tu hijo está en la calle. Tu oración constante es la
fuerza que incrementa, en el incierto día, la fe de servir y alcanzar de Dios
la Gracia. Tus consejos son el mejor camino, aun de mis tercos designios. Tu
amor es verdadero y de él me abrigo, en los momentos de olvido. En tu mesa la
exquisita receta, como nadie me alimenta. Tus calladas manos con incondicional
cariño, secan mi mar de lágrimas. En las caídas, eres el colchón que amortigua
y los brazos que me levantan. Si el miedo me acorrala y en la penumbra estoy
perdido, tu voz es la música que reanima el espíritu y en tus hombros soy un héroe.
Gracias madre por ser luz del cielo que día y noche viajan conmigo.
Dios te Bendiga.
José Miguel Ángel Beltrán Gómez.
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