“Que la Misericordia de Dios Te Acerque al Prójimo sin sentir pudor alguno”
Día tras día avanzamos en la búsqueda del mejor día. En aquel que, nos llevará a la plenitud y satisfecha ocasión del deber cumplido. Sin embargo, la vida nos va deparando nuevos retos, incluso imprevistos, y entonces, soltamos la rienda a la insatisfacción, al enojo, a la crítica desenfrenada, contra quienes de alguna manera han influido en la construcción del Ser que soy, hoy. Llego hasta a azotar sin piedad mis sentimientos, perdiendo la razón por los desaciertos que he acumulado en el afán de alcanzar el éxito que otros han logrado. Jamás debo olvidar que soy único e irrepetible y sujeto de cambio constante, en la medida, en que la madurez avanza, y aprecio los Dones y bienes que Dios ha dispuesto, para mi beneficio y el de la aldea común.
Es natural y de salud, el imitar el estilo de
otras personas. Es un acto consciente o inconsciente, de ayuda mutua, que le
permite innovar y cimentar en el corazón, el exclusivo ser que dejará una huella
por emular. Por lo general, imitamos al Padre, madre, amigo o artista
preferido, sobre todo, en los aspectos positivos y buenas costumbres que
fortalecen la autoestima y abren caminos para servir efectivamente. La Real
Academia de Lengua Española RAE, define el imitar como el “Hacer o esforzarse
por hacer algo lo mismo que otro o según el estilo de otro”. Asimismo, San
Pablo a los corintios, afirma “Sed mis imitadores como, lo soy de Cristo”
(Corintios 11,1). Imita, y con ello encausa lo mejor de tu Ser, en especial
mira a Jesús; pero sigue siendo tú mismo.
Los discípulos discutían a qué persona deberían
imitar para ser felices y alcanzar la plenitud. Yo pienso que, a los piadosos,
que dedican su vida a cumplir la voluntad de Dios, defendía con tesón el más
anciano de los discípulos. Yo creo que es preferible imitar a los estudiosos y
cultos, que se esfuerzan por emprender los misterios de la existencia -dijo
otro con aire de letrado. -Mejor imitar a los valientes -saltó con decisión un
joven lleno de ímpetu.
El maestro les escuchaba en silencio, sin decir
nada. -¿Y que opina usted, maestro? -le preguntaron al rato. – Si quieren ser
felices y vivir plenamente, imiten a los niños. -¿A los niños? Si no saben
todavía nada…
Están muy equivocados -les dijo entre sonrisas
sabias el maestro-. Los niños tienen tres cualidades que nunca deberíamos
olvidar si queremos ser felices. En primer lugar, se asombran de cualquier cosa
y están alegres sin motivo; en segundo lugar, tratan a todos por igual y no se
consideran superiores a nadie; y por último, actúan con libertad, sin temor a
hacer el ridículo.
Para vivir plenamente y devolverle el sentido a la
vida, debemos empezar por recuperar la capacidad del asombro. Como decía
Einstein, “podemos vivir como si no existiera el misterio, o vivir como si toto
fuera misterio”.
Cada especie, cada individuo, cada órgano de
él es otra cadena interminable de asombros: “El ojo es una maravillosa cámara
fotográfica, capaz de tomar diez fotos por segundo, revelarlas al momento y conectarlas
con el cerebro para que caigamos en la cuenta de lo que estamos viendo”
(esclarín, 2007). Todo tu alrededor es una admirable obra de arte, si te
detienes a contemplarla, te asombraras de la libertad que hay en ella, y así
libérate de los yugos que te atan. Al abrir tus ojos en la mañana, verás la
nueva luz que renueva el alma.
A manera de los niños, admira, contempla y
descubre los misterios que se ocultan en cada asunto, en cada flor, en cada
individuo. Trata a los demás, como te gustaría que te trataran y en condición
de igualdad sin pisotear sus derechos. Imita las buenas acciones y actúa con
libertad, aunque parezca absurdo, volver al niño que llevas dentro. Dios te
Bendiga.
José Miguel Ángel Beltrán
Gómez.
RecreaEspíritu…
Bibliografía
esclarín, A. P. (2007). Si no se hicieron como nuños. En
A. P. Esclarín, Parábolas para vivir en plenitud (págs. 48-49).
Bogotá: San Pablo.
