“Perdonaos unos a otros, como Dios nos ha perdonado” (Efesios 4, 32
En mi lectura diaria de la Palabra de Dios, me encontré con un bello versículo en (Lucas 17, 1-6) “Si tu hermano te ofende siete veces al día, y siete veces viene a ti para decirte que se arrepiente, perdónalo”. Difícil de digerir, me dije, al reflexionar sobre esta misteriosa palabra “perdonar”, sobre todo si es reiterativa la ofensa. Sin embargo, recordé que, para alcanzar la destreza en un oficio, hay que insistir, persistir y practicar cuantas veces sea necesario. Así serás maestro de tu propio destino. En tal sentido, el perdonar una y otra vez, puede darme la oportunidad de comprender al otro y perdonarlo de corazón.
El ejercicio de perdonar,
es una tarea de fortalecimiento constante, si realmente quiero liberarme de las
cargas que no me dejan vivir con alegría y en comunidad. Aunque como buenos
cristianos, al orar con la oración que Jesús nos enseñó, pedimos y declaramos
con fervor: “perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a
todo el que nos debe” (Lc 11, 4); nos cuesta admitir que el perdonar es una
necesidad, como es el beber un vaso de agua, en medio de un desolado desierto. Jesús
nos reitera, en la parábola del esclavo que no demostró misericordia, que el
perdón es como la cancelación de una deuda (Mt 18, 23-35). Y así mismo Pablo,
en la carta a los Corintios, nos enseña que el perdón se basa en el amor
sincero, porque el amor “no lleva cuenta” (1 Corintios 13, 4-5).
Uno de los actos más
recordados de Karol Wojtyla es el perdón que le concedió al turco Mehmet Ali
Agca, quien le disparó tres balazos y lo dejó al borde de la muerte. Ali Agca
se hizo conocido a nivel mundial el miércoles 13 de mayo de 1981, cuando
intentó matar a Juan Pablo II, quien cruzaba la Plaza de San Pedro en Roma a
bordo de su vehículo blanco. El Papa logró recuperarse de las heridas que
sufrió en la mano, brazo y abdomen, mientras que su agresor fue condenado a
cadena perpetua en Roma y luego en Ancona.
Y El perdón llego: En uno
de los episodios más destacados de su singular historia, el turco Agca obtuvo
clemencia del Sumo Pontífice. Lo hizo en dos ocasiones: La primera, el 17 de
mayo de 1981, cuatro días después del atentado, cuando un Juan Pablo II
convaleciente en el hospital Policlínico Gemelli manifestaba: «Rezo por el
hermano que me ha disparado, a quien sinceramente he perdonado». La segunda fue
en 1983, cuando recibió la visita del Papa en la cárcel. Hablaron cara a cara y
en actitud casi confidencial durante 18 minutos.
«El perdón es la llave
que desbloquea la puerta del rencor y las esposas del odio. Es un poder que
rompe las cadenas de la amargura», escribió una superviviente de los campos de
concentración. También pudo orar así: «Te doy gracias, Padre, porque tu amor es
más fuerte que mi odio y mi amargura». Decídete a perdonar de corazón, no solo
de palabra, para que el resentimiento no te lastime, ni te condene. “Lejos de
lo que muchos piensan, el perdón no es un beneficio para la persona “ofensora”
sino que es un alivio para la persona “ofendida”, es decir para nosotros mismos”.
Dejémonos penetrar por la inmensidad de la gracia de Dios que nos perdonó mucho
más (Mateo 18, 21-22), y haz del perdón un camino de paz interior. Dios te
Bendiga.
José Miguel Ángel Beltrán
Gómez.
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