“Alégrense de la esperanza que comparten; muestren paciencia ante las tribulaciones y sean perseverantes en la oración” (Rm 12, 12)
Los años nos pasan sin darnos cuenta y hasta deseamos crecer, antes del cronológico tiempo, determinado, para vivir con intensidad cada etapa de la vida. Ama lo que haces y siente en tu corazón que quieres hacerlo, y entonces hallarás, en los problemas y dificultades, un desafío para supérate y ser mejor con los demás y contigo mismo. Esta historia que te comparto te abre la beta, para encontrar en tus dones y fortalezas, la alegre riqueza y contar tus años de felicidad.
había decidido llegar a
la ciudad de Kammir, y tras un largo y penoso viaje por medanales y desiertos,
la ciudad se ofrecía ante sus ojos como una promesa cumplida. Antes de entrar
en ella, quiso descansar un rato y se acercó a un cuadrado de verdor y de
arboledas que se estremecían bajo el canto de unos pájaros. La puerta de bronce
estaba abierta y decidió ingresar. Sobre la grama, debajo de los árboles,
resplandecían unas piedras blancas, lustrosas y muy bien cuidadas. Detuvo sus
ojos en una de ellas y leyó: “aquí yace Abdul Tareg. Vivió ocho años, 6 meses,
2 semanas y 3 días”.
Comprendió que esa piedra
era una lápida, como posiblemente lo eran las otras. Se acercó a las siguientes
y fue leyendo: “aquí yace Yamir Kalib. Vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”;
“Aquí yace Tamara Arafat. Vivió 2 años, 3 meses, 5 días”. Cada piedra era una
lápida con inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del
muerto.
No había dudas: ese lugar
tan hermoso y tan bien cuidado era un cementerio. Lo sorprendente era que
parecía un cementerio de niños. ¿Qué extraña peste o fatalidad había castigado
a la ciudad de Kammir que había arrebatado a sus niños a tan corta edad? ¿y
dónde estarían enterrados los adultos?
Las dudas lo ahogaban.
Tenía que descifrar ese misterio de un cementerio sólo de niños. Vio que más
allá estaba un anciano limpiando una tumba. Se acercó y, prácticamente sin
saludarlo, le lanzó la pregunta que lo asfixiaba: ¿Qué extraña maldición pesa
sobre esta ciudad que les ha obligado a construir un cementerio de niños? El
anciano sonrío desde sus ojos bondadosos y le dijo muy calmadamente: no existe
ninguna maldición. Ni es este un cementerio de niños.
Déjeme explicarle: aquí
tenemos la costumbre de que, cuando un joven cumple quince años y ya es
responsable por sus actos, los padres le entregamos una libreta como esta que
llevo colgada al cuello. A partir de ese momento, cada vez que uno hace una
obra buena, algo que trae una bendición a los demás, vive algún acontecimiento
intensamente, o es realmente feliz, abre la libreta y anota en ella, a la
izquierda, la obra buena, la experiencia vivida intensamente, el rato de
verdadera felicidad. A la derecha, apunta el tiempo que duró. Cuando alguien
muere, abrimos la libreta y sumamos el tiempo anotado para escribirlo sobre la
tumba porque es, amigo extranjero, el único y verdadero tiempo vivido.
Cosechamos lo que
sembramos. Por tanto, anota en la libreta de tu vida, esos maravillosos
momentos en que la alegría te impregno al superar un reto que te deparo la
vida. Nos recuerda Antonio Pérez Esclarín en su libro de parábolas para vivir
en plenitud: “siembre alegría, bondad, respeto, y cosecharás alegría, bondad,
respeto. Intenta no ocupar tu vida en odiar y tener miedo, sino en servir y
alegrar. Vive tu momento presente sin renunciar a tus sueños ni a tus ideales.
Pero sacude tu pesimismo, desánimo y flojera y empieza a luchar por hacer
realidad tus mejores sueños”. Dios te Bendiga.
José Miguel Ángel Beltrán Gómez.
RecreaEspíritu…
03/octubre/2021. La comunidad tiene la palabra. Sol estéreo. 99.1 FM. 11 am-12:30 pm
Imagen de Daniel Reche en Pixabay