“Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida” (Sal 54(53))
El silencio confronta el miedo, abre nuestros sentidos y reanima la morada interior. Hazte amigo del silencio y escucharás la voz de Dios. En la anterior reflexión, compartí tres de los siete silencios que la Hermana Glenda, nos sugiere para enriquecer nuestra vida: 1.- Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha. 2.- Guarda más silencio ante tus amigos, ten solo un confidente entre mil. y 3.- No des tus perlas a los cerdos. Hoy les comparto los demás silencios: 4.- Si encuentras un tesoro, vuelve a esconderlo. 5.- La mayor parte de tu vida quedará en silencio. 6.- Controla tu lengua y 7.- Acallar la tormenta. Veamos:
4.- Si encuentras un tesoro, vuelve a esconderlo: Jesús nuestro maestro de
vida y señor, nos cuenta en esta parábola de (Mateo 13, 44-46) que aquel hombre
que encontró un tesoro en el campo volvió a esconderlo. No todos los días se
encuentra un tesoro, esto es algo extraordinario, que puede pasar una vez en la
vida y no todas las personas van a vivir esa experiencia, quizás lo encuentre el
que lo busca sinceramente. Este hombre encuentra un tesoro y no sale a pregonarlo,
sino que calladito lo vuelve a esconder; guarda silencio para siempre, de ese
tesoro que ha descubierto. Hay cosas en la vida que vas a descubrir solo tú y
que se estropearán si las sacas a la luz. Un árbol vive de lo que tiene
sepultado y, sí airea su humus, dejará de ser tierra fértil que, le de alimento
y lo nutra. Así que hay cosas de tu vida que deben permanecer fermentando y desarrollándose
en tu interior. No están hechas para ser aireadas.
5.- La mayor parte de tu vida quedará en silencio: Por suerte tendrás tres
minutos de gloria pública y el resto quedará en el silencio del día a día de tu
vida. Jesucristo y maestro de vida, quiso compartir en todo, nuestra condición
humana; por eso la mayor parte de su vida ha quedado en el silencio. En (Lucas
3, 23), nos dice que, cuando Jesús inicio su ministerio y comenzó a ser
conocido públicamente tenía unos 30 años, así que él escogió estar la mayor
parte de su vida, treinta años calladito en Nazaret. Seguramente, allí pasaría
su vida haciendo lo cotidiano de cada día. Quizás siendo el solterón del
pueblo, al lado de su Mamá. Pero no le importo. Sabía que en el silencio del
día a día, en su familia y en su trabajo, se esconde una sabiduría y una
felicidad. No huyas de Nazaret, allí hay un gozo y una sabiduría que te esta
esperando.
6.- Controla tu lengua: Hay mucha discusión
sobre el comercio y el uso de armas de fuego, si me oyen este tema, tampoco
podemos olvidar que cada uno de nosotros, maneja una poderosa arma con la cual
podemos causar daño y hasta provocar muertes. Esta poderosa arma que todos
tenemos es nuestra lengua. En (Santiago 3, 5-6), dice que la lengua es un
órgano pequeño de nuestro cuerpo que es fuego y con una simple chispa podemos
quemar todo un bosque. También en (Santiago 3, 2) que, así como a los caballos,
se controlan por las bridas que le ponen en la boca, el que domina su lengua controla
todo su ser. Aprendamos a controlar y dominar nuestra peligrosa arma, la
lengua. Nos dice Jesús en (Mateo 12,36), se nos pedirá cuenta de toda palabra
mala, es decir, todo disparo que con nuestra lengua hayamos hecho. Aprendamos a
controlar y a, acallar nuestra lengua, para que no dispare maldad, sino que
solo usemos esta arma al servicio del amor y la verdad. Atento entonces, a tus
palabras, porque nuestra lengua es un fiel reflejo de lo que hay dentro de
nosotros. Jesús nos recuerda en (Mateo 12, 34) “Porque lo que rebosa en el corazón
hablará nuestra boca”. Y,
7. Acallar la tormenta: Cuando vienen tormentas o
grandes dificultades en tu vida, la tentación es andar pensando todo el día en
el problema, incluso no puedes dormir intentando encontrar soluciones. Imitemos
a nuestro maestro y señor de vida que, frente a la tormenta, lo primero que
hace es hacerla callar. En (Marcos 4, 39) Jesús le dice a la tempestad “¡calla!,
¡cálmate!”; así tú ante las grandes tempestades de la vida, no dejes que los
ruidos de las tormentas, de los problemas, de los miedos o las angustias te aturdan.
Hazlos callar, no dejes que te griten y cuando ellos callen, calla tu cabeza.
Suspenda los pensamientos, haz silencio y respira. Verás que la solución brotará
de ese silencio que has podido crear aún en medio de la tempestad. Las
tormentas son buenas nos hacen mejores marineros de la vida. Lo malo de la
tempestad es el ruido que hace dentro y fuera de ti. Este ruido te impide
escuchar a Dios que está a tu lado, en tu barca, respirando contigo, hasta que
todo se calme. Acojamos el silencio de María, para acallar tempestades. (Lucas
2, 19) afirma: “María, por su parte, guardaba todas esas cosas, meditándolas en
su corazón”. Dios te Bendiga.
José Miguel Ángel Beltrán Gómez.
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