El gran amor del Señor nunca se acaba, y su compasión jamás se agota. Cada mañana se renuevan sus bondades; ¡muy grande es su fidelidad! Por tanto, digo: «El Señor es todo lo que tengo. ¡En él esperaré!» (Lamentaciones 3, 22-24)
Con ansía esperaba el acostumbrado conteo de los últimos segundos, para comenzar el nuevo año. Entonces, volví la mirada atrás y, con la inspirada satisfacción de aquellos momentos: alegres, tristes y de mayor reto; cerré mis ojos y, escribí en lo profundo del corazón: ¡Gracias Dios!, por las Bendiciones del año que se va; aunque, fueron un duro caminar, permitieron brillar en el Ser, para alcanzar los propósitos y, sobre todo, acercarme a tu gratificante amor. En ese silencio, surgió la paz y la sonrisa de un nuevo comienzo, como las metas para continuar, cultivando la gracia que Dios quiere, de mi aflore.